La casa de los Barrens poseía cierto misticismo. Las placas con imágenes de vírgenes se veían alumbradas por la luz de la luna en cuarto menguante. George había desobedecido por quinta vez y olvidado tirar su comida en el basurero.
Cada noche, el viejo reloj cucú chicharreaba su canto a las tres de la madrugada. La puerta de la cocina se abría lentamente, los habitantes de la noche escuchaban que su hora había iniciado y se asomaban a la cocina para buscar algo de comer.
El gemido de los otros habitantes se escuchaba en la penumbra y George; temblaba desde su alcoba. Escuchaba como los esqueléticos seres se asomaban por el pie de la cama. Todavía tenían hambre, sus estómagos vacíos se llenaban de amargura, los pellejos de sus panzas vacías lloraban porque no calmaban su hambre. Habían recibido el castigo de vivir en hambruna por la eternidad.
George gritaba, pero no salían sonidos de su boca, las manos huesudas recorrían sus sábanas; se sentaban extendiendo las palmas de sus ásperas manos, limosneando algo para comer como pajaritos recién nacidos, abrían sus bocas… mostrando los dientes gangrenados por el olor a muerte.
El pequeño niño se orinaba en la cama y los habitantes lo rodeaban. Sentían el olor a orín y se saboreaban, como si fuera la miel recién recolectada de la pradera. Sus ojos perdidos en lamentos se clavaban en los ojos del niño. Las imágenes de vírgenes lloraban sangre al escuchar el pedido de ayuda… de aquellos seres que venían del otro mundo, pero que vivían con George.
George despertaba, con sudor frío y sábanas orinadas.
No te olvides niño de tirar la comida a la basura, ellos volverán y vendrán de nuevo por ti. Esta noche.
